Esto lo ilustra de la más desgarradora y profunda manera nuestro gran clásico dramático, que recientemente tuve la ocasión de ver en la interpretación principal de Blanca Portillo (destacando sobremanera su autenticiad, pero sin desmerecer y hasta con replica de frente y a su altura los demás magníficos actores, acompañados de una música en directo inspiradora y una puesta en escena deslumbrante), que bien debiera ser promocionado a una gira internacional para universal enseñanza de un mundo tan injusto.
¿Donde queda el abogado no corporeizado en este lance? Pues buscando en las palabras y las situaciones encontramos el debate imprescindible de la guía de convencimiento necesaria en las alternativas más singulares, como finalmente voltearán de nuevo los Peanuts de Schulz, para pesadez del forofo impenitente.
En la entrada anterior de este blog ilustrábamos la paradoja de un profesional que no entendía el destino al que le conducían las circunstancias ("no entiendo, pero me gusta, sí" acababa diciendo nuestro perruno héroe).
Ahora encontramos en nuestro clásico teatral la siguiente estrofa paradójica:
Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Y el que menos lo entiende es Segismundo, enfrentado a un destino vil, y al que, para más inri, se le somete a la creencia de un sueño sobre aquello que fue un experimento cruel de su padre para probar sus maneras de príncipe,... con fatales y catárticos resultados.
Al pueblo que, tras llegarle noticia de tal experimento, quiere liberar al príncipe le resulta por ello de lo más difícil convencerlo de su naturaleza y han de ser los meros anuncios simbólicos de la fe en un sueño lo que le anime a la acción, con estas palabras:
Dices bien. Anuncio fue y caso
que fuese cierto, pues la vida es
tan corta, soñemos, alma,
soñemos otra vez; pero ha de
ser con atención y consejo de
que hemos de despertar de este
gusto al mejor tiempo; que
llevándolo sabido, será el
desengaño menos; que es hacer
burla del daño adelantarle el
consejo. Y con esta prevención,
de que cuando fuese cierto, es
todo el poder prestado y ha de
volverse a su dueño,
atrevámonos a todo.
A la acción mueve la fe en lo simbólico de un sueño siempre unido al "consejo de despertar" y bajo la tesitura complicada de terciar en los más contradictorios conflictos que le asaltan: desde lo público (el gobierno real) y lo privado (el honor de Rosaura).
La conquista del poder no es equivalente a la de la justicia, y de ahí que sean siempre otra voces internas las que acudan en su ayuda, como un milagro de lo humano donde la sabiduría se manifiesta lúcidamente:
la Fortuna no se vence
con injusticia y
venganza,
porque antes se incita
más;
y así, quien vencer
aguarda
a su fortuna, ha de ser
con prudencia y con templanza
Esto vaya para con las pretendidas dotes educadoras del padre. En lo que respecta a los propios vaivenes del deseo, pues estos parecen fácilmente saciables con el poder:
"Pues si esto toca
mi desengaño, si sé
que es el gusto llama hermosa,
que la convierte en cenizas
cualquiera viento que sopla,
acudamos a lo eterno;
que es la fama vividora
donde ni duermen las dichas,
ni las grandezas reposan"
El final no se ha de desvelar, aunque sea de sobra conocido y hasta interpretable por la época, pero en la trasmutación o el volteo radical de las convenciones encontramos el milagro de cuando la persona se vence a sí misma en lo eterno mejor.
Y como todo lo grande se soporta mejor con la ironía de lo pequeño, que no deja de ser universal, venga nuestra viñeta a relajar el evento:
Ya veremos la continuación del drama con las formas soñadas, eternas, luminosas y confiadas de salir de ese acuciante bosque, donde el consejo reside en la fe que tengamos en nuestros propios sueños.



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