viernes, 16 de mayo de 2014

III (11) REALIDAD EJERCIENTE: atmósfera del CLIENTE

Aunque el proceso de aprendizaje no se termina nunca, la siguiente fase evolutiva del abogado pasa por el trato con el cliente y aquí, de nuevo, contaremos con la volteada guía  de nuestro perruno amigo disfrazado:



Este encuentro con el cliente será el decisivo camino para el abogado y por ello la resolución, firmeza y seguro amarre de las ideas en el andar es algo preciso para enfrentar el duelo crucial.

Es preciso interrogarnos antes que nada sobre el clima que hemos de crear para dicho encuentro y a tal fin disponemos de un requisito básico de la confianza: la comodidad.



La paseante reflexión filosófica precede a nuestro ensimismado héroe y es así que el destino se nos aparece como más profundo.

Volteando convenciones, buscamos la sorpresa para transformar la atmósfera del cliente, induciendo una suerte de hipnótica fuerza de atracción:


Hipnotizado parece Linus no sólo por el globo en sí mismo, sino también por la ocurrente respuesta de nuestro querido prestidigitador.


              

Eminentes lógicos y semiólogos (Eco, Sebeok, Peirce, Ginzburg) han destacado que en el proceso abductivo del célebre Sherlock Holmes se utilizaba como parte de la atmósfera necesaria en su método-juego “musement” la puesta en escena de golpes teatrales ante sus clientes, como forma de fascinación y provocación de reacciones indiciarias.


                          


En un canto a la imaginación no desligada de la experiencia, Wallace Stevens dijo que "la poesía incrementa el sentido de la realidad" (Adagia)


¡Qué magia no se ha de intentar por crear ese contexto de comodidad y reverencia en la relación profesional!

miércoles, 7 de mayo de 2014

II (10) PRIMARIO APRENDER DE LO VIVIDO

El aprendizaje de la profesión de abogado pasa por años de seguimiento de cursos diversos en la Facultad de Derecho, pero lo más importante de tales enseñanzas es que se sientan como trasladables a la realidad cotidiana y no se mantengan fosilizadas (cuando no olvidadas) en fórmulas vacías o con las que es difícil entendimiento alguno.



Frente a la hierática estampa del filosófico Linus, declamando en latín y dando a entender severamente la supuesta fuente principal de conocimiento del abogado, nuestro alter ego  se muestra de lo más circunspecto. 

No aprecia vida en el dicho. Lo experimenta ausente.




Ante la ironía de una erudición caduca se muestra la sorpresa de un sentido común más entroncado en una interiorización vital. 

La “facultad universitaria” vendría a presentarse como ese manantial de principios esenciales que parece dejar un tanto impávido y frío al bueno de Snoopy.

Queda más sorprendido al empático interlocutor por la sorpresa gestual de lo sentido por el Letrado, que por ningún asentimiento en la máxima proferida. 

El sentimiento de lo vivido se impone a la razón, por muy sabia que sea, pero sería lo deseable que ambas cosas se conciliasen como integración de un derecho propio.


Lo que más enternece de esta tira es que la experiencia viene unida a una tristeza profunda del personaje en torno a su querida herramienta de trabajo, a ese “portafolios barato” cuya asa se le ha roto tan frustrantemente.

La comunicación con el mundo sentimental que representaría Linus se da mayormente a causa de ese deambular compungido del profesional.


El aprendizaje real y más profundo se encuentra precisamente en esta correlación entre la empatía con el suceso personal sentido como propio y el vínculo originario con unos principios esenciales que en un origen pueden resultar inanes, pero que ya el estudiante de la facultad debiera sentir como aplicables a situaciones reales que tienen influencia en la vida ordinaria y no meramente retener como equipaje de una pedantería de la que en ocasiones tanto se abusa en la profesión, con alejamiento del común de la sociedad.

Hay que sentir el caso, el argumento, como algo que se vive en origen como de uno mismo.