sábado, 15 de marzo de 2014

II (7) EN SOCIEDAD NO ENTENDIBLE

La consideración social del abogado no es lo mismo que su posición en una sociedad civilizada.

Puede simultanearse una necesidad imperiosa de su función y también la mala fama de instrumentalizar su posición hacia los fines más indeseables.



Este contraste vital lo reproduce en facetas cruciales una serie televisiva, titulada THE GUARDIAN, sin demasiada popularidad o que ha pasado bastante desapercibida en España, a pesar de lanzarse con el gancho de tener el mismo protagonista de EL MENTALISTA: Simon Baker (en la foto).

Serie ignorada a pesar de hacer visible un verdadero servicio público informativo de cómo se puede tutelar al sector más desvalido de la sociedad (los menores) mientras se hace compatible para el profesional con la lógica de la protección de los más poderosos (las empresas). 



El rascacielos se hace juguete ante la mirada de una niña que traspasa los límites de la cercanía del abogado. 

Al parecer, a su creador, David Hollander, se le ocurrió la idea de un abogado obligado por una condena sustitutoria a ejercer de defensor de niños -Nick Fallin- que no se veía a sí mismo haciendo tal función y por ello yendo en contra de lo que creía eran sus inclinaciones naturales, en una suerte de encuentro no buscado de la más difícil, conflictiva e intuitiva autenticidad personal. 



Lo curioso es que parece que tal servicio social de carácter legal, está inspirado en la opción vital del hermano de dicho creador, Scot Hollander, que voluntariamente se alejó del exitoso futuro que le deparaba el despacho de su padre, para buscar otro tipo de victoria ética, cual es la fundación de KIDS VOICE, una asociación que se ha ido afianzando en Pensilvania como defensora de los menores.

                           

A lo largo de los casi 70 capítulos de sus 3 temporadas se hace visible una problemática social que permanece oculta a la realidad pública, y que, como se advierte hacia su final,trata de evitar que una importante sector de menores abandone, se pierda o aleje del sistema de convivencia civilizado, lo que resulta algo intolerable para una sociedad que se pretende reputar por tal.



La antítesis personal y profesional que plantea sirve para voltear esencialmente la función social del abogado y la de sus modelos vitales (en la foto de la serie, el protagonista con padre a la izquierda y, a la derecha, el director de la asesoría social: dos perspectivas referenciales de empatía).





Las viñetas de los Peanuts de Schulz no pueden dejar de ser el volteo irónico final, pues el tríptico de esta tira nos pone de nuevo en camino de continuar nuestra expedición exploradora de matices inadvertidos: el oráculo-Linus habla de nuevo en el trance más místico.



En medio de la más completa ensoñación nuestro héroe se detiene un instante a recibir la revelación.



El decidido abogado continúa su camino con emoción pero con el escepticismo de quien no recae en el sopor de la autocomplacencia y hasta se confiesa ignorante de una significación que le llevaría a la una vanidad insufrible.

Es una visión volteada que me recuerda la cita de Barthes (Lo neutro) acerca de la desconfianza de la filosofía zen respecto de la verbalización teórica y la anécdota de cómo entre 500 discípulos de un monasterio budista fue elegido un laico que se reconocía no entender el budismo y no seguir nada más que el tao, la vía, el cauce vital.

Nuestro héroe sigue su instintivo camino propio.

Para no perderse habrá que recordarle la selva social que describe con tintes apocalípticos Don Delillo en su Calle de Great Jones de 1973:

                                      

"Nos metimos a toda prisa en el edificio de los juzgados penales en busca de calor y golosinas. El vestíbulo estaba abarrotado e inundado de ruido, un coro de acusados, de contraacusados, de gente convertida en víctimas, de abogados, familiares y amigos de todos los anteriores. Y por encima de todo, más airada que el resto, se oía esa queja especial de los pequeños infractores. Todo el mundo estaba fumando, parloteando, masticando chicles duros como la piedra, chupando caramelos para la tos, todos menos los proxenetas, regios y absolutistas, que se limitaban a otear el paisaje, en busca de sus propiedades. Detrás de su mostrador, el quiosquero ciego acechaba de esa manera en que acecha la justicia, un poco autoparódico, con pinta de estar captando hasta el último detalle del recinto. Vivía con los dedos, transmitiéndole su calor a todas las monedas, sirviéndoles el cambio a los condenados y a los cuñados de los condenados. Compramos unos caramelos y nos quedamos en un rincón. Hombres bajitos y llenos de determinación cruzaban el vestíbulo de camino a su trabajo y de regreso de él, todos con un ligero sobrepeso y con el Daily News doblado debajo del brazo, funcionarios, conserjes de alguna clase pastoreando a los miembros de los jurados de una sala a otra. Yo me lamí el chocolate de la base de la mano. Una familia de gente negra rodeaba a un abogado con pústulas, atosigando su sonrisa de pánico" (Págs. 290-291, Seix Barral, Barcelona 2013)



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