La continuación de nuestra anterior entrada ya no se expone a la luz del día, sino a las tinieblas de la noche.
Seguimos requiriendo la presencia del guía. Para cualquier cosa parece servir un abogado, podría ser la indudable crítica, pero esta tira siempre me ha sugerido un sentido profundo y filosófico, volteando las apariencias.
Iluminar la oscuridad como propósito del profesional es algo que también puede revelarse en la astucia y la sagacidad del personaje. Cual un Ulises rico en ardides, el Letrado ha de proveerse de recursos múltiples para salir al paso de las inusitadas situaciones posibles.
Pero no hay que pasarse. Su aparente luz no puede llevar al dislate de perder la orientación o la sensatez. Es el peligro de sentirse sobrehumano o superletrado porque lo importante no deja de ser el persistir en “seguir mascando” o rumiando, trabajar sin envanecimientos por el contenido o el sentir propios de lo que nos ocupa.
Este sería el consejo eternamente infantil y vital, siempre provistos del candil de una inteligencia despierta y muchas veces anticonvencional.
No puedo resistirme finalmente a realizar otra personal conexión filosófica y recordar al descarado filosófico cínico, de apodo cánido, que pudiera aquí haber prescindido de su humilde candil y adoptar los caramelos de “chispa” para buscar en la oscuridad, como también a la luz del sol en el ágora, no ya solo la inexistente "idea" del hombre (en crítica antiplatónica), sino también la única salida o salvación en la autenticidad personal sentida que tan difícil es de advertir en nuestro bosque mundano.



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