Me propongo una nueva visión "volteada" de lo que resulta una tercera naturaleza (visto el orden personal de lo individual y familiar) en mi devenir vital: el ejercicio de la profesión de abogado.
Para ello me voy a servir de apoyo referencial en mi inspiradora afición a las viñetas y las caricaturas, intentando que cada semana, o periodo aproximado, puedan exponerse facetas que den algún vuelco emocional, aunque sólo sea desde mi sentimentalismo, no exento, desde luego, en ocasiones, de puerilidad o ridículo. ¡ A ver si creamos así algo que sea auténtico!
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| Guibert-Sfar, La hija del profesor |
De varios de los personajes que aparecen
representados teatralizadamente a cargo de Snoopy se podría seguir un hilo
interesante con el que descubrir nuevas perspectivas a las relaciones
personales, pues conducen a sorprendentes interpretaciones dependiendo de la
actitud o el momento en que se examinen.
Por su aparición en muchas de las tiras diarias y su incidencia en la
profesión que desempeño, siempre me ha resultado especialmente sugestivo el
disfraz de abogado al que recurre su tan famoso perro Snoopy, descubriendo
una particular perspectiva que es la que me ha llevado a glosar algunas de
sus viñetas.
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He visto así volteada la percepción gris
del abogado, desvelando otra más alegre y cercana a la gente, sin dejar de criticar
sus miserias y sus vanidades, pero desde la reivindicación de un aliento
infantil o jovial que no deja de existir en un oficio donde pueden reunirse
acusados extremos de idealismo y cinismo.
En los diversos personajes de los que se
disfraza Snoopy siempre hay un dulce aroma de locura, cuyas extravagancias
mortifican a su amo Charlie Brown (Carlitos en versión española), como si
fueran en la realidad andanzas estrambóticas que le ponen en ridículo ante los
vecinos.
Tan perrunas locuras nos llevan a
recordar a un Quijote que en sus delirantes aventuras destapa vergüenzas ajenas
y a la vez las del propio caballero andante. O nos conectan con famosas
aventuras gráficas donde los diversos personajes representados reciben su
defensa letrada ante conflictos existenciales, cual sucede con iconos
literarios como Alicia en el país de las
maravillas de Lewis Carroll o el
travieso Peter Rabbit de Beatrix
Potter.
Se
produce así una significativa vía de conexión entre la realidad y la ficción,
que es una cuestión esencial al ejercicio de la profesión, ya que los planos de
vivencia del profesional y su entorno difieren sustancialmente, como ya tan
críticamente puso de manifiesto el gran caricaturista Daumier desde el siglo
XIX y por ello nos permitiremos ilustrativos paralelismos gráficos con el
mismo.
Puede verse en ello un enigmático
lenguaje especular, donde no se sabe quien observa y quién es observado, pues
el que adivina pensamientos no se representa tanto como imagen equiparable sino
como sátira de uno mismo.
Este paralelismo de sociológica crítica
profesional trataremos de ponerlo de manifiesto junto con la aguda paradoja
existencial que separa al perro de su entorno humano, conforme Schulz refleja
sabiamente en sus viñetas.
En el caso de la simulación del abogado
no sé si en su origen tuvo alguna voluntad alegórica, pero desde luego podría
ilustrar, y así trato de glosarlo, la difícil comunicación que suele darse
entre esta profesión y la sociedad.
Frente a la desconfianza habitual de la
gente, este diálogo adivinado puede servir de referente metafórico volteado,
permitiendo las divagaciones que aquí vengo a mostrar, como puro aficionado
entusiasta.
Lo que se habla y lo que se piensa,
puestos en una suerte de comunicación alegórica, vienen a iluminar tanto como
la búsqueda diurna de Diógenes con su lámpara en el ágora en torno a la
autenticidad del ser humano.
El “pensar” oculto de Snoopy puede ser
un trasunto de la reserva inconfesable del abogado, que unas veces viene a
aparentar una reflexión técnica o doctrinal, pero, en otras, sencillamente esconde
vergonzosamente manifestaciones de ignorancia,
amenidad, debilidad u otra derivación vital propia de la condición humana.
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“Yo
supongo que los abogados también fueron niños (Charles
Lamb)” es la cita de apertura de la afamada obra de Harper Lee “Matar a un ruiseñor”, cuyo protagonista (muy especialmente en su magnífica versión y encarnación cinematográfica) viene a ser uno de los profesionales más humanos de la historia de la
literatura, pero en tal frontispicio no se deja de ofender con un duda que en
ocasiones puede albergar la sociedad acerca de este oficio y de sus oficiantes.
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| Cailleaux, Los impostores |
Con frecuencia se ve nuestro quehacer
como un ejemplo de cosificación o instrumentalizacion continua de todo lo que
toca y las relaciones que se entablan a su alrededor una pura falsificación
utilitarista.
No deja de haber una evidente crítica bajo el aspecto cínico
que a veces ofrece Snoopy, pero bajo tal apariencia se siente una simpatía
infantil que se expresa como una suerte de salvación interna. Se puede
bosquejar al niño en todas las personas adultas y también en el abogado. O
sencillamente se puede ver al adulto como un disfraz en que se manifiesta el
niño, pues, como diría Gombrowitz, aquel no sería más que una travesura de
éste.
Bajo el magistral disfraz del arte caricaturesco de Schultz, con sus comparativas clásicas y actuales de otros artistas, quiero romper
una lanza por ese niño-abogado, para serlo también con Snoopy, volteando las
convenciones aparentes y rescatando su aspectos auténticos, no siempre
reconocibles.








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