jueves, 16 de enero de 2014

0.- VOLTEANDO CON VIÑETAS

Me propongo una nueva visión "volteada" de lo que resulta una tercera naturaleza (visto el orden personal de lo individual y familiar) en mi devenir vital: el ejercicio de la profesión de abogado. 

Para ello me voy a servir de apoyo referencial en mi inspiradora afición a las viñetas y las caricaturas, intentando que cada semana, o periodo aproximado, puedan exponerse facetas que den algún vuelco emocional, aunque sólo sea desde mi sentimentalismo, no exento, desde luego, en ocasiones, de puerilidad o ridículo. ¡ A ver si creamos así algo que sea auténtico!

   
Guibert-Sfar, La hija del profesor

                
 Hace muchos años que me entusiasman las viñetas de los Peanuts de Charles M. Schulz y he encontrado en muchas situaciones de sus personajes un calado de humanidad que hunde sus raíces en fibras sensibles de la afectividad. Fibras tocadas por un singular empleo de la ironía, la simpatía y la sorpresa, como maneras de criticar agudamente, a la vez que hacer sonreír y vislumbrar las más diferentes paradojas de la vida.

De varios de los personajes que aparecen representados teatralizadamente a cargo de Snoopy se podría seguir un hilo interesante con el que descubrir nuevas perspectivas a las relaciones personales, pues conducen a sorprendentes interpretaciones dependiendo de la actitud o el momento en que se examinen.

Por su aparición en muchas de las tiras diarias y su incidencia en la profesión que desempeño, siempre me ha resultado especialmente sugestivo el disfraz de abogado al que recurre su tan famoso perro Snoopy, descubriendo una particular perspectiva que es la que me ha llevado a glosar algunas de sus viñetas.


He visto así volteada la percepción gris del abogado, desvelando otra más alegre y cercana a la gente, sin dejar de criticar sus miserias y sus vanidades, pero desde la reivindicación de un aliento infantil o jovial que no deja de existir en un oficio donde pueden reunirse acusados extremos de idealismo y cinismo.

        En los diversos personajes de los que se disfraza Snoopy siempre hay un dulce aroma de locura, cuyas extravagancias mortifican a su amo Charlie Brown (Carlitos en versión española), como si fueran en la realidad andanzas estrambóticas que le ponen en ridículo ante los vecinos.

A veces llegan esas aventuras de Snoopy a una ternura infinita, como en el caso de los héroes de guerra, o de una gran hondura histórica como en el homenaje que anualmente solía rendir al desembarco de Normandía, por lo que se produce la creación de una segunda realidad lindante con la primera hasta el punto de una comunicación imaginada que transpone significados insospechados.

Tan perrunas locuras nos llevan a recordar a un Quijote que en sus delirantes aventuras destapa vergüenzas ajenas y a la vez las del propio caballero andante. O nos conectan con famosas aventuras gráficas donde los diversos personajes representados reciben su defensa letrada ante conflictos existenciales, cual sucede con iconos literarios como Alicia en el país de las maravillas  de Lewis Carroll o el travieso Peter Rabbit de Beatrix Potter.

Se produce así una significativa vía de conexión entre la realidad y la ficción, que es una cuestión esencial al ejercicio de la profesión, ya que los planos de vivencia del profesional y su entorno difieren sustancialmente, como ya tan críticamente puso de manifiesto el gran caricaturista Daumier desde el siglo XIX y por ello nos permitiremos ilustrativos paralelismos gráficos con el mismo.



        Puede verse en ello un enigmático lenguaje especular, donde no se sabe quien observa y quién es observado, pues el que adivina pensamientos no se representa tanto como imagen equiparable sino como sátira de uno mismo.

        Este paralelismo de sociológica crítica profesional trataremos de ponerlo de manifiesto junto con la aguda paradoja existencial que separa al perro de su entorno humano, conforme Schulz refleja sabiamente en sus viñetas.


Como no hay un entendimiento directo a medio de ningún idioma común entre Snoopy y sus amigos, los “diálogos” se convierten en un juego de adivinación de pensamientos y acciones, que los interlocutores y, desde luego, los lectores entre los que me cuento, pueden interpretarlo a su manera.
        En el caso de la simulación del abogado no sé si en su origen tuvo alguna voluntad alegórica, pero desde luego podría ilustrar, y así trato de glosarlo, la difícil comunicación que suele darse entre esta profesión y la  sociedad.

Frente a la desconfianza habitual de la gente, este diálogo adivinado puede servir de referente metafórico volteado, permitiendo las divagaciones que aquí vengo a mostrar, como puro aficionado entusiasta.

        Lo que se habla y lo que se piensa, puestos en una suerte de comunicación alegórica, vienen a iluminar tanto como la búsqueda diurna de Diógenes con su lámpara en el ágora en torno a la autenticidad del ser humano.

        El “pensar” oculto de Snoopy puede ser un trasunto de la reserva inconfesable del abogado, que unas veces viene a aparentar una reflexión técnica o doctrinal, pero, en otras, sencillamente esconde vergonzosamente  manifestaciones de ignorancia, amenidad, debilidad u otra derivación vital propia de la condición humana.

        “Yo supongo que los abogados también fueron niños  (Charles Lamb)” es la cita de apertura de la afamada obra de Harper Lee “Matar a un ruiseñor”, cuyo protagonista (muy especialmente en su magnífica versión y encarnación cinematográfica) viene a ser uno de los profesionales más humanos de la historia de la literatura, pero en tal frontispicio no se deja de ofender con un duda que en ocasiones puede albergar la sociedad acerca de este oficio y de sus oficiantes.

Cailleaux, Los impostores

        Con frecuencia se ve nuestro quehacer como un ejemplo de cosificación o instrumentalizacion continua de todo lo que toca y las relaciones que se entablan a su alrededor una pura falsificación utilitarista.

        Este suele ser el motivo tópico de muchos de los  chistes de abogados, pero yo me propongo en estos comentarios que la tira sirva para reivindicar un fondo infantil o idealista en muchos profesionales, para que puedan ser vistos con mayor naturalidad por la sociedad.

No deja de haber una evidente crítica bajo el aspecto cínico que a veces ofrece Snoopy, pero bajo tal apariencia se siente una simpatía infantil que se expresa como una suerte de salvación interna. Se puede bosquejar al niño en todas las personas adultas y también en el abogado. O sencillamente se puede ver al adulto como un disfraz en que se manifiesta el niño, pues, como diría Gombrowitz, aquel no sería más que una travesura de éste. 

Bajo el magistral disfraz del arte caricaturesco de Schultz, con sus comparativas clásicas y actuales de otros artistas, quiero romper una lanza por ese niño-abogado, para serlo también con Snoopy, volteando las convenciones aparentes y rescatando su aspectos auténticos, no siempre reconocibles.

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