martes, 26 de mayo de 2015

IV (24) ANTE la LEY de KAFKA espera PROCESO-JUICIO sin SABER el LUGAR de TU VERDAD con CULPA

Los personajes de Schulz portan un destino críptico, cual los de KAFKA en sus parábolas o en EL PROCESO, y, aunque no sé si el caricaturista se inspiró en el escritor, hay situaciones del primero que convocan un absurdo concomitante al segundo.



En orden a esta relación me resultan evocadoras dos tiras de Los Peanuts de Schulz que voy a  contrastar con sendas parábolas de Kafka, cuya relación con su conocida obra EL PROCESO me van a permitir indagar en caminos simbólicos para el devenir vital del individuo sometido a juicio, o a su responsabilidad con la verdad que se espera.





Hay varias tiras de Schulz en torno a la ubicación y búsqueda de los Juzgados, cuyo absurdo aparente parece ir más allá de lo que invocan, y una de ellas comienza así:



La sede o lugar de ubicación de la comparecencia ante la ley, o del juicio, o de la autoridad judicial, puede conllevar una metáfora de búsqueda que conduzca a un misterio interior de la persona, de su devenir y acompañantes.


La injustamente acusada de pagar lo que no debe recurre a la asistencia del profesional y se encaminan decididos a hablar con el juez de tal afrenta para lo que han de ubicar el lugar de encuentro con la Justicia.


Resalta el paralelismo de cómo la reclamante reprocha al aviador semejante ignorancia a la que se representa el abogado.

En un capítulo inacabado de EL PROCESO y que se suele incluir como Apéndice en ediciones de dicha obra (EDAF, 2000, Madrid) bajo el título "LA CASA", se comienza diciendo:

Sin intención precisa, 
por lo menos al principio,
K. había tratado de averiguar
dónde estaba la sede de la autoridad
que había impartido la primera
acusación en su proceso.
No le constó demasiado enterarse. 


(Ilustraciones de la magnífica versión en comic de Montellier y Mairowitz, ed. sins entido 2011)

En EL PROCESO hay múltiples ocasiones en que el protagonista (K.) se desplaza a la sede judicial (por llamarla así, pues realmente el autor la describe como meros habitáculos laberínticos de edificios de barrio marginal que se habilitan temporalmente para ese fin y son acondicionados por alguna vecina del mismo) para el correspondiente acto de "interrogatorio" o "tratar" con su personal.

Pero el lugar físico de esa órgano inferior nunca será aquel del que emana la decisión suprema de la ley y así en otros pasajes de EL PROCESO:

Al Tribunal Supremo,
donde nadie puede llegar,
ni usted, ni yo, ni ninguna
otra persona.
Ignoramos completamente 
lo que puede ocurrir allí,
y puedo añadir que 
no queremos saberlo tampoco.
(CAPÍTULO DE "EL PINTOR")




¿Dónde estaba el Juez Supremo
que nunca había podido ver?
¿Dónde la Alta Corte a la que
nunca había llegado?
(CAPÍTULO "EL FINAL")




Y donde mayormente se experimenta esa inaccesibilidad es en una parábola titulada ANTE LA LEY, que parece fue el origen de EL PROCESO, y es la que en dicha obra se integra dentro del Capítulo "VISITA A LA CATEDRAL" como relatada por el capellán de la prisión en los siguientes términos:


Ante la Ley hay un guardián. 

Hasta ese guardián llega un campesino
 y le ruega que le permita
entrar a la Ley. 
Pero el guardián responde 
que en ese momento no le puede 
franquear el acceso. 
El hombre reflexiona y luego pregunta 

si es que podrá entrar más tarde.
—Es posible —dice el guardián—, 
pero ahora, no.
Las puertas de la Ley están abiertas, 
como siempre, y el guardián 
se hace a un lado, de 
modo que el hombre 

se inclina para atisbar el interior. 

Cuando el guardián lo advierte, ríe y dice:
—Si tanto te atrae, intenta entrar 
a pesar de mi prohibición. 
Pero recuerda esto: yo soy poderoso.
Y yo soy sólo el último de los guardianes. 
De sala en sala irás encontrando 
guardianes cada vez más 
poderosos. 

Ni siquiera yo puedo soportar 

la sola vista del tercero.
El campesino no había previsto 
semejantes dificultades.
 Después de todo, la Ley debería ser
accesible a todos y en todo momento, piensa.
 Pero cuando mira con más detenimiento 
al guardián, con 
su largo abrigo de pieles,

 su gran nariz puntiaguda, 

la larga y negra barba de tártaro, 

se decide a esperar
hasta que él le conceda 
el permiso para entrar.

El guardián le da un banquillo 
y le permite sentarse al
lado de la puerta.
 Allí permanece el hombre días y años.
 Muchas veces intenta entrar e importuna al
guardián con sus ruegos. 
El guardián le formula, con frecuencia,
 pequeños interrogatorios. Le pregunta
acerca de su terruño y de muchas otras cosas;
 pero son preguntas indiferentes, 
como las de los grandes
señores, y al final le repite siempre 
que aún no lo puede dejar entrar.

El hombre, que estaba bien provisto
para el viaje, invierte todo 
—hasta lo más valioso— 
en sobornar al guardián. 
Este acepta todo, pero
siempre repite lo mismo:
—Lo acepto para que no creas
 que has omitido algún esfuerzo.
Durante todos esos años, 
el hombre observa ininterrumpidamente 
al guardián. Olvida a todos los
demás guardianes y aquél le parece
 ser el único obstáculo que se opone 
a su acceso a la Ley. Durante
los primeros años maldice su suerte en voz alta,
 sin reparar en nada; cuando envejece,
 ya sólo murmura 
como para sí. 

Se vuelve pueril, y como en esos años

 que ha consagrado al estudio del guardián ha
llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de pieles, también suplica a las pulgas que lo ayuden a
persuadir al guardián. 
Finalmente su vista se debilita 
y ya no sabe si en la realidad está oscureciendo a
su alrededor o si lo engañan los ojos.
 Pero en aquellas penumbras descubre
 un resplandor inextinguible 

que emerge de las puertas de la Ley

Ya no le resta mucha vida. 

Antes de morir resume todas las
experiencias de aquellos años
 en una pregunta, que nunca 
había formulado al guardián.
 Le hace una 
seña para que se aproxime,

 pues su cuerpo rígido ya no le permite

 incorporarse. 

El guardián se ve obligado

 a inclinarse mucho, porque las diferencias

 de estatura se han 

acentuado 

señaladamente con el tiempo, 

en desmedro del campesino.
—¿Qué quieres saber ahora? 
–pregunta el guardián—. Eres insaciable.



—Todos buscan la Ley –dice el hombre—. 
¿Y cómo es que en todos los años
 que llevo aquí, 
nadie más que yo 

ha solicitado permiso para llegar a ella?
El guardián comprende 
que el hombre está a punto de expirar
 y le grita, para que sus oídos
debilitados perciban las palabras.
—Nadie más podía entrar por aquí, 
porque esta entrada estaba 
destinada a ti solamente. 
Ahora
cerraré.

Sólo hay espera sin saber qué sea esa luz  y de dónde emana.

Como se dice en el epílogo de Fernando Rampérez a la obra de Jacques Derrida PREJUZGADOS ANTE LA LEY   (Aravigani ed. 2011), que comenta esa parábola de Kafka:


La ley deslumbra y al deslumbrarnos
nos deja ciegos.
Nunca se da, en realidad;
o bien "se da rehusándose,
sin decir su proveniencia, ni su sede".
Ese silencio y esta discontinuidad
constituyen el fenómeno de la ley.
"Entrar en relación con la ley,
con la que dice TU DEBES Y TU NO DEBES
es a la vez hacer como si ella
no tuviera historia o en todo caso no dependiese
ya de su presentación histórica
y en el mismo lance dejarse fascinar,
provocar, apostrofar por la historia
de esta no-historia.
Es dejarse tentar por lo imposible.
(Ob. cit. pág. 83)

El glosador alude así a cómo ninguna ética proporciona verdaderamente una real y concreta orientación, máxime cuando el individuo quiere guiarse por su propia decisión y no por nada impuesto.

Para el planteamiento teocéntrico,
la ausencia de regla lleva a la irresponsabilidad.
La responsabilidad se entiende, por tanto,
exclusivamente como sometimiento a la ley
y capacidad de responder ANTE LA LEY.
La libertad radica solamente en seguir
o no la norma dada por Dios o sus trasuntos,
y de ahí una culpabilidad a priori,
una responsabilidad culpable de antemano,
porque ser libre sólo es ser libre
de saltarse o no la ley,
pero nunca de inventarla.



La muerte de Dios, sin embargo,
es decir, la apertura de un espacio
sin absolutos ni normas evidentes
ni reglas previamente dadas, abre también
 una forma distinta de responsabilidad.
O la responsabilidad más cierta.
La del que inventa la ley, la del que apuesta
cada vez que juzga y se compromete así
con lo elegido sin justificación
ni coartada.
(Ob. cit. pág. 81)

Así, la auto-responsabilidad nos sitúa en un terreno incierto. Pero no confundir con una falta de responsabilidad, sino todo lo contrario, tan enorme que es difícil de soportar-encontrar.

Ninguna irresponsabilidad: pues
"en esta situación donde lo que pasa
es que el juicio debe pasar sin criterios
y la ley pasarse sin ley,
en ese fuera-de-la-ley,
tanto más tenemos que responder
ANTE LA LEY.
Porque la ausencia de criteriología.
la estructura impresentable
de la ley de leyes no nos dispensa
de juzgar en todos los sentidos,
teórico y pragmático de la palabra;
al contrario, nos prescribe
PRESENTARNOS ANTE LA LEY
y responder a priori de nosotros
ante ella, QUE NO ESTÁ AHÍ"
(Ob. cit. pág. 84).



Al final de la docta conversación que el capellán de la prisión (remedo de rabino intérprete del talmud judío) mantiene con K., interpretando aquella parábola ANTE LA LEY en EL PROCESO, se produce el filosófico intercambio de admoniciones que refleja esa plancha del comic, y que, adpatando diferentes traducciones leídas, vendría a completarse literalmente así:

Muchos dicen que la
historia no otorga a nadie el derecho
 a juzgar al centinela. Sea cual sea 
la impresión que nos dé, 
es un servidor de la Ley, 
esto es, pertenece a la Ley, 
por lo que es inaccesible al juicio humano. 
Tampoco se puede creer que el centinela 
esté subordinado al hombre. 
Estar sujeto, por su servicio, 
a la entrada de la Ley 
es incomparablemente más importante 
que vivir libre en el mundo. 
El hombre viene a la Ley, 
el centinela ya está allí. 
La Ley ha sido la que le ha
puesto a su servicio. 
Dudar de su dignidad significa dudar de la Ley.

–Yo no comparto esa opinión –dijo K 
moviendo negativamente la cabeza–,
 pues si se aceptan sus premisas 
hay que considerar que todo 
lo que dice el vigilante es verdad. 
Pero eso es imposible, como tú mismo 
has fundamentado con todo detalle.

–No –dijo el sacerdote–, no se debe tener
 todo por verdad, sólo se tiene
que considerar necesario.

–Triste opinión –dijo K–. 
La mentira se eleva 
a la altura de norma universal

La búsqueda del lugar entre lo necesario y lo verdadero sí que resulta algo no ubicable y posiblemente fuente de una fatalidad como la que se encuentra al final de EL PROCESO, cuando se hace irrenunciable orientar la propia libertad:


En la siguiente entrada, del próximo mes, resucitaremos a nuestro "perro" favorito como acompañante-guía de otra tira críptica y de otra parábola kafkiana con resonancias del conflicto vital incurso en el camino y en el mensaje.

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