sábado, 13 de septiembre de 2014

III (16) ESCALINATAS de la RESPONSABILIDAD o la GRACIA

A la vuelta se echan encima las responsabilidades. Muy especialmente cuando te sientes una especie de página en blanco. Comenzar a escribir tu historia o tu ejercicio se muestra infinito aunque parece inaplazable.

Siempre me han parecido las escalinatas de los más prominentes edificios judiciales un símbolo de esa carga de responsabilidad que los trabajos del abogado conllevan.

Nuestro gran Daumier ya hizo patente tal fondo gráfico de la profesión con este contraste de las escalinatas del Grand Palais:


Diferentes actitudes corresponden al joven (que intenta mantener un porte artificioso) y al viejo (ensimismado en su gravedad) o al afanoso abogado que allá arriba parece llegar tarde a su hora con la Justicia.

A todos les cruza la arista rectilínea de unos escalones imperturbables a sus pasos, aunque desgastados de tanto ajetreo.

También nuestro héroe perruno habrá de enfrentarse a este símbolo que se hace tan cuesta arriba.


Interpelado por la pertinaz reclamante la cuestión se torna grave y ¿quién no ha de sufrir por entrar en lo desconocido?

Y desde luego el personaje conoce la carga de su papel:


Pero, al decir de esta parábola de Kafka, si el Tribunal dejó entrar en la cofradía a un caballo, ¡¿cómo no va a dejar que ejerza su función tan bien pertrechado profesional?

Tenemos un nuevo abogado, 
el Dr. Bucéfalo. 
Casi nada queda 
de su apariencia externa 
que le recuerde a uno 
la época en que era el corcel
 de Alejandro de Macedonia. 
Pero cualquiera que conozca bien
esos asuntos puede 
todavía columbrar algo. 
¿Acaso no descubrí hace poco 
a un vulgar ordenanza 
observando al doctor en leyes 
con el ojo profesional 
de un modesto aficionado
 al hipódromo, 
mientras aquel, 
elevando airosamente
 sus extremidades, 
ascendía la escalinata
 con paso que hacían
 resonar el mármol?



Bajo el título "EL NUEVO ABOGADO" así comienza esta conocida parábola con la que nuestro maestro del absurdo nos parece indicar un futuro de la profesión que nos dirija hacia nuevos horizontes (pocos seres atravesaron tantan fronteras geográficas nos viene a decir después), como tan necesitado está este ejercicio de una perspectiva más larga y de mayor globalidad y calado.

También las escalinatas parecen una pretendida separación con el vulgo, como también lo representa la pequeña elevación con que los jueces y abogados ocupan sus posiciones respecto de los justiciables en las salas de vista de nuestros tribunales.

Podrían querer simbolizar una mayor sapiencia -que no un desprecio, aunque a veces lo parezca- pero otras parece más bien quieran lograr esa iluminación que vendría del cielo hacia la tierra, como algunos pintores han ilustrado:


Burne-Jones, Escalera dorada
 ¡Que la gracia nos acompañe!

viernes, 25 de julio de 2014

III (15) TIEMPOS PERDIDOS o GANADOS?

Ahora que se acerca el mayor tiempo festivo y vacacional, la reflexión del abogado conduce a la condición de "inhábil" para el desempeño de mucha actuaciones jurisdiccionales.


¿Es ello un tiempo que puede calificarse de perdido?

Desde luego nuestro héroe se paraliza cuando el sabio Linus le interpela sobre los juzgados cerrados por ser festivo:


La primera reacción ante tal parálisis no deja de ser irónica.


El pertinaz gusanillo de pleitear parece haberse introducido en el tan afanoso abogado. 

En el “patetismo” de la escena se introduce una genuina compasión irónica de Linus ante el tan deseado e irrealizado juego del amigo. 

El chasco de Snoopy tiene muchas caras y ninguna de ellas alegre, pues el tiempo parece pesarle por todas partes.


Sin duda le pesa tanto como a los protagonista de otra famosa escena de abogados del ácido caricaturista Daumier:


"Cuando el crimen no rinde" reza esta patética plancha. Ni la partida de dominó consuela de la ausencia de actividad, ni anima en lo más mínimo, sino que amarga hasta una infinitud de miseria espiritual.

Hay muchas esperas y pasos perdidos en esta profesión.

Sin duda hay tales miradas esperpénticas una crítica a ese principio esencial del sistema capitalista, tan grabado a fuego desde los orígenes de la mentalidad liberal: el tiempo es oro.

Frente a ello qué mejor que recordar también en vacaciones una de las más sabias miradas filosóficas y en particular cómo la evoca Antoine Compagnon en "UN VERANO CON MONTAIGNE" (Espasa 2014) donde se reivindica lo que denominamos los tiempos perdidos o de ocio:

Como Cicerón, Montaigne cree que el hombre
no es realmente él mismo en la vida pública,
el mundo y la profesión,
sino en la soledad, la meditación y la lectura.
Al colocar la vida contemplativa
por encima de la vida activa,
todavía no es uno de esos modernos
que considerarán que el hombre se realiza
en sus actividades, en su negocio
(negotium), es decir la negación del ocio (otium).
Esa ética moderna del trabajo
estuvo ligada al auge del protestantismo,
y el otium perdió su valor supremo
para convertirse en sinónimo de pereza.

Nunca es tarde para voltear esta ética abominable y hacer del ocio un centro vital, que sin duda va más allá de la contemplación y pasa por otras muchas relaciones con los demás y como uno mismo, cual defiende Montaigne.

Feliz verano.

lunes, 7 de julio de 2014

III (14) LA LEY entre NECESIDADES de relación

Una faceta delicada del ejercicio profesional es cómo se interpretan las "necesidades" del abogado, desde la posición del cliente y de la del propio ejerciente.



Esta disquisición merece algo más que una pose pensativa y también algo menos que la visión predatoria que es tan típica en de las caricaturas de Daumier:


Reza la plancha del caricaturista:
"Mientras espera la audiencia,
Demóstenes almuerza a expensas del cliente.
El solomillo con patatas estimula la elocuencia"
Pero la necesidad comienza en el conflicto que traslada en su consulta el cliente:



El profesional parece que busca en sus recursos legales, a la vista de tan atenta y afanosa apertura de su cartera.

Pero la paradoja ilustrativa del sabio Schulz, pasa a ser doble cuando se genera una máxima luminosa para el sentido común, a la vez que tiende a generar una pausa para un básico abastecimiento del profesional.



Más amarga en su significación, otra tira de Los Peanuts hace explícito el conflicto cliente-abogado:



Aquí se concluye en una depredación sin mesura que hace cambiar el semblante del profesional:



La vergüenza  se hace patente en el rostro de nuestro enmascarado personaje, para sorpresa del herido cliente y del superior oyente del relato.

Intereses los hay siempre y los producen nuestras acciones.

Se trata de deslindar siempre entre las rosquillas, el solomillo y el bocadillo de la fiambrera ajena.

sábado, 21 de junio de 2014

III (13) ESPECIALIDADES en TARJETA por SUEÑO de OTRO

Las tarjetas de visita son una presentación, una apariencia.


"¿Qué es ahora para mi la `la apariencia´?
Verdaderamente no algo
contrapuesto a algún ser:
de cualquier ser no sé decir otra cosa
que los predicados de su apariencia"

Nietzsche supera en el aforismo 54 de "La Gaya Ciencia" la simple idea de la apariencia o la máscara como disimulo, indicio de falsedad o motivo de engaño, para conducirse a través de un elemento de la realidad (como las mil caras de un Proteo con el que hemos de enfrentarnos).

Nos ciega y nos lleva más a la equivocación un rechazo, o un prejuicio o descalificación inmediatos que un expectante respeto ante un dato objetivo que tendremos tiempo de evaluar.



Schulz es de lo más expresivo cuando la sorpresa reposa en el cara de cualquiera de sus personajes, y este filosófico Linus abre y cierra una tira digna del frontispicio del mejor despacho de abogados.



Su apertura nos conduce por el sendero de una aguda pregunta: quiere conocer la especialidad del disfrazado personaje a través de su tarjeta. Nuestro héroe perruno busca en su misteriosa cartera, como queriendo sacar una auténtico conejo de la suerte.

Ya lo dijo el célebre sociólogo italiano Vilfredo Pareto, conocido por su celebre teoría de la circulación de la élites, y no ajeno a los indicios de la posición social de las profesiones.





Observó cómo los “cartelitos” son un medio “para asignar a cada individuo su puesto en las diversas clases” y, así, “la tarjeta del abogado indica a un hombre que debería saber de leyes y que con frecuencia sabe verdaderamente, pero que en ocasiones no sabe nada de leyes” (Cap. XI del Tratado de Sociología General, traducido en “Forma y equilibrio sociales”, Minerva Ediciones, Madrid 2010).

Pero, regresando a nuestros lúcidos personajes de historieta satírica, la posición "social" del sedicente abogado la veremos reflejada con precisión:



Tras la larga exposición de variadas especialidades, encontramos finalmente la que llena de contento y orgullo (no vamos a entrar ahora en otras acepciones de "mordisco" que dejaremos para otro momento) al atinado profesional.

Parece que estamos viendo en esa cara complaciente al protagonista de "Juegos de la edad tardía" de Luis Landero, con su proliferación de tarjetas como característica exterior de unos "afanes" que dominan esta magnífica historia, de la que ya se cumplen 25 años de su publicación, como todo un clásico de nuestras letras recientes.

                                    
                                  
Sin que la meras tarjetas de visita nos lleven a semejante extravío, ni la complacencia nos embote el entendimiento, el indicio que queda impreso en la rutilante tarjeta no sólo ilumina especialidades o necedades, sino que a veces nos deja con el mero dicho de "ABOGADO".

Siendo una fórmula usual y más que suficiente, siempre me ha gustado voltear su significación sentimental y filosóficamente.

¿Puede ser que ya sólo “abogar” sea una demanda social que se requiera por sí misma? No quisiera con ello plantear ninguna competencia a psicólogos o expertos en autoayuda, pero siempre me ha tentado especular cuánto necesitamos que otros nos defiendan ante pretensiones que nos superan o respecto de las cuales nos gusta sentir que se nos arropa.

Podríamos soñar con ser "abogantes de otro".

Y terminamos así con otra cita del mismo libro y el mismo aforismo lúcido con el que comenzábamos:

                                      


La apariencia es para mi
lo que actúa y vive,
que en su autoirrisión llega tan lejos
que me hace sentir
que aquí hay apariencia
y fuego fatuo y danza de los espíritus,
y nada más,
que me hace sentir que entre todos 
esos soñadores también yo,
el que "conoce", danzo mi danza,
que el que conoce es un instrumento
para ir alargando la danza terrena
y por ello se cuenta
entre los acomodadores de la existencia,
y que la suprema ilación y trabazón
de todos los conocimientos quizá sea
y será el más alto instrumento
para mantener la universalidad
de la ensoñación 
y la universal intelegibilidad mutua
de todos esos soñadores,
y precisamente por ello
la perduración del sueño
(EDAF, pág. 128)


lunes, 9 de junio de 2014

III (12) EJERCIENTE junto a REALIDAD VITAL

Cliente y abogado, vida y profesión, tragedia y culpa se confunden en la famosa película PHILADELPHIA (Johathan Demme, 1993), protagonizada por Tom Hanks y Denzel Washsiongton, hasta el punto de esbozar uno de esos encuentros cruciales con la realidad más vívida.




El que parecía el más exitoso abogado se convierte en cliente por una desgracia en su trabajo, relacionada con la enfermedad del sida y su origen en su homosexualidad.

Para ventilar un despido ilegal, esa tragedia se mete en la sala de justicia y aunque en un principio el juez rechaza preguntas sobre las costumbres sexuales (no vivimos en la sala, le replica en un momento dado el abogado), esta realidad discriminatoria acaba erigiéndose en el mayor postulante, de la misma forma que la injusticia de ese trato se hace patente alterando conductas en la realidad social.



Aquí se hace palpable la intercomunicación casa-juzgado y cómo las experiencias de un lugar pasan al otro y de éste al primero, con no pocas conclusiones vitales.

Rebajando la tensión, pero sin perder el hilo, una tira de los Peanuts siempre me ha llevado a esta misma tesitura:



La siempre impulsiva Sally hace dudar enormemente en su camino a nuestro disfrazado personaje.

El hogar se aleja de igual manera que se pospone la solución. Las dilaciones y las demoras son los primeros efectos notorios de la Administración de Justicia ante la ciudadanía y en esta tira se hace patente en un gráfico doble sentido.



De un lado, se traduce por "gran casa" un destino demorado e incierto, y, por otro, resalta cómo el Abogado no puede tener prisa de regresar a su "casa", lo que es una buena manifestación de cómo el profesional ha de renunciar en muchos casos a su ocio y en particular a su ámbito doméstico.




Aunque esto no sea un tema directamente tratado en la película sí que aparece cómo el que fuera en un primer momento abogado de éxito viene ocultando su vida privada y ello sin poner en cuestión un ejercicio profesional que llega a calificar de maravilloso.

Pero, desde luego, en el contraste triunfa el genio de la vida, con un aria operística que Tom Hanks interpreta desde la mayor profundidad:
                                                             

¡Vive todavía! ¡Yo soy la vida!
¡En mis ojos está tu cielo!
¡Yo recojo tus lágrimas!
¡Yo me encuentro en tu camino y te socorro!
¡Sonríe y espera!
¡Yo soy el amor!

Y finalmente con la oscarizada canción de su banda sonora, "Streets of Philadelphia", interpretada por un Bruce Springsteen que pasea serio y resolutivo por sus calles, declamando pasajes como los siguientes: 

Yo estaba dañado y maltrecho
y no podría decir lo que sentía.
Estaba irreconocible a mí mismo.
Vi mi reflejo en una ventana
y no conocí mi propia cara.
Oh hermano vas a dejar desperdiciarme?
En las calles de Filadelfia


Ningún ángel me va a saludar.
Estamos solamente tú y yo mi amigo.
...
La noche ha caído, yo he quedado despierto.
Puedo sertirme desvanecer.
Pues recíbeme hermano con tu beso infiel.
O nos dejáremos uno al otro así.
En las calles de Filadelfia.

Y como enigma final sobre el lugar del derecho frente a la tragedia valga el siguiente texto de Walter Benjamin en su ensayo "Destino y Carácter":

Por un error, puesto que ha sido confundido
con el reino de la justicia,
el orden del derecho,
que sólo es un residuo del estado demónico
de la existencia de los hombres
-durante el cual los estatutos jurídicos
no regularon sólo las relaciones
entre ellos, sino también con los dioses-
se ha conservado más allá de la época
que inauguró la victoria sobre los demonios.

No es con el derecho, sino con la tragedia,
como la cabeza del genio
se ha alzado por primera vez
desde la niebla de la culpa,
porque en la tragedia
el destino demoníaco es quebrantado.

La música vital se impone sobre las apariencias del derecho, a la busca del carácter personal del regreso a casa.


viernes, 16 de mayo de 2014

III (11) REALIDAD EJERCIENTE: atmósfera del CLIENTE

Aunque el proceso de aprendizaje no se termina nunca, la siguiente fase evolutiva del abogado pasa por el trato con el cliente y aquí, de nuevo, contaremos con la volteada guía  de nuestro perruno amigo disfrazado:



Este encuentro con el cliente será el decisivo camino para el abogado y por ello la resolución, firmeza y seguro amarre de las ideas en el andar es algo preciso para enfrentar el duelo crucial.

Es preciso interrogarnos antes que nada sobre el clima que hemos de crear para dicho encuentro y a tal fin disponemos de un requisito básico de la confianza: la comodidad.



La paseante reflexión filosófica precede a nuestro ensimismado héroe y es así que el destino se nos aparece como más profundo.

Volteando convenciones, buscamos la sorpresa para transformar la atmósfera del cliente, induciendo una suerte de hipnótica fuerza de atracción:


Hipnotizado parece Linus no sólo por el globo en sí mismo, sino también por la ocurrente respuesta de nuestro querido prestidigitador.


              

Eminentes lógicos y semiólogos (Eco, Sebeok, Peirce, Ginzburg) han destacado que en el proceso abductivo del célebre Sherlock Holmes se utilizaba como parte de la atmósfera necesaria en su método-juego “musement” la puesta en escena de golpes teatrales ante sus clientes, como forma de fascinación y provocación de reacciones indiciarias.


                          


En un canto a la imaginación no desligada de la experiencia, Wallace Stevens dijo que "la poesía incrementa el sentido de la realidad" (Adagia)


¡Qué magia no se ha de intentar por crear ese contexto de comodidad y reverencia en la relación profesional!

miércoles, 7 de mayo de 2014

II (10) PRIMARIO APRENDER DE LO VIVIDO

El aprendizaje de la profesión de abogado pasa por años de seguimiento de cursos diversos en la Facultad de Derecho, pero lo más importante de tales enseñanzas es que se sientan como trasladables a la realidad cotidiana y no se mantengan fosilizadas (cuando no olvidadas) en fórmulas vacías o con las que es difícil entendimiento alguno.



Frente a la hierática estampa del filosófico Linus, declamando en latín y dando a entender severamente la supuesta fuente principal de conocimiento del abogado, nuestro alter ego  se muestra de lo más circunspecto. 

No aprecia vida en el dicho. Lo experimenta ausente.




Ante la ironía de una erudición caduca se muestra la sorpresa de un sentido común más entroncado en una interiorización vital. 

La “facultad universitaria” vendría a presentarse como ese manantial de principios esenciales que parece dejar un tanto impávido y frío al bueno de Snoopy.

Queda más sorprendido al empático interlocutor por la sorpresa gestual de lo sentido por el Letrado, que por ningún asentimiento en la máxima proferida. 

El sentimiento de lo vivido se impone a la razón, por muy sabia que sea, pero sería lo deseable que ambas cosas se conciliasen como integración de un derecho propio.


Lo que más enternece de esta tira es que la experiencia viene unida a una tristeza profunda del personaje en torno a su querida herramienta de trabajo, a ese “portafolios barato” cuya asa se le ha roto tan frustrantemente.

La comunicación con el mundo sentimental que representaría Linus se da mayormente a causa de ese deambular compungido del profesional.


El aprendizaje real y más profundo se encuentra precisamente en esta correlación entre la empatía con el suceso personal sentido como propio y el vínculo originario con unos principios esenciales que en un origen pueden resultar inanes, pero que ya el estudiante de la facultad debiera sentir como aplicables a situaciones reales que tienen influencia en la vida ordinaria y no meramente retener como equipaje de una pedantería de la que en ocasiones tanto se abusa en la profesión, con alejamiento del común de la sociedad.

Hay que sentir el caso, el argumento, como algo que se vive en origen como de uno mismo.