lunes, 9 de junio de 2014

III (12) EJERCIENTE junto a REALIDAD VITAL

Cliente y abogado, vida y profesión, tragedia y culpa se confunden en la famosa película PHILADELPHIA (Johathan Demme, 1993), protagonizada por Tom Hanks y Denzel Washsiongton, hasta el punto de esbozar uno de esos encuentros cruciales con la realidad más vívida.




El que parecía el más exitoso abogado se convierte en cliente por una desgracia en su trabajo, relacionada con la enfermedad del sida y su origen en su homosexualidad.

Para ventilar un despido ilegal, esa tragedia se mete en la sala de justicia y aunque en un principio el juez rechaza preguntas sobre las costumbres sexuales (no vivimos en la sala, le replica en un momento dado el abogado), esta realidad discriminatoria acaba erigiéndose en el mayor postulante, de la misma forma que la injusticia de ese trato se hace patente alterando conductas en la realidad social.



Aquí se hace palpable la intercomunicación casa-juzgado y cómo las experiencias de un lugar pasan al otro y de éste al primero, con no pocas conclusiones vitales.

Rebajando la tensión, pero sin perder el hilo, una tira de los Peanuts siempre me ha llevado a esta misma tesitura:



La siempre impulsiva Sally hace dudar enormemente en su camino a nuestro disfrazado personaje.

El hogar se aleja de igual manera que se pospone la solución. Las dilaciones y las demoras son los primeros efectos notorios de la Administración de Justicia ante la ciudadanía y en esta tira se hace patente en un gráfico doble sentido.



De un lado, se traduce por "gran casa" un destino demorado e incierto, y, por otro, resalta cómo el Abogado no puede tener prisa de regresar a su "casa", lo que es una buena manifestación de cómo el profesional ha de renunciar en muchos casos a su ocio y en particular a su ámbito doméstico.




Aunque esto no sea un tema directamente tratado en la película sí que aparece cómo el que fuera en un primer momento abogado de éxito viene ocultando su vida privada y ello sin poner en cuestión un ejercicio profesional que llega a calificar de maravilloso.

Pero, desde luego, en el contraste triunfa el genio de la vida, con un aria operística que Tom Hanks interpreta desde la mayor profundidad:
                                                             

¡Vive todavía! ¡Yo soy la vida!
¡En mis ojos está tu cielo!
¡Yo recojo tus lágrimas!
¡Yo me encuentro en tu camino y te socorro!
¡Sonríe y espera!
¡Yo soy el amor!

Y finalmente con la oscarizada canción de su banda sonora, "Streets of Philadelphia", interpretada por un Bruce Springsteen que pasea serio y resolutivo por sus calles, declamando pasajes como los siguientes: 

Yo estaba dañado y maltrecho
y no podría decir lo que sentía.
Estaba irreconocible a mí mismo.
Vi mi reflejo en una ventana
y no conocí mi propia cara.
Oh hermano vas a dejar desperdiciarme?
En las calles de Filadelfia


Ningún ángel me va a saludar.
Estamos solamente tú y yo mi amigo.
...
La noche ha caído, yo he quedado despierto.
Puedo sertirme desvanecer.
Pues recíbeme hermano con tu beso infiel.
O nos dejáremos uno al otro así.
En las calles de Filadelfia.

Y como enigma final sobre el lugar del derecho frente a la tragedia valga el siguiente texto de Walter Benjamin en su ensayo "Destino y Carácter":

Por un error, puesto que ha sido confundido
con el reino de la justicia,
el orden del derecho,
que sólo es un residuo del estado demónico
de la existencia de los hombres
-durante el cual los estatutos jurídicos
no regularon sólo las relaciones
entre ellos, sino también con los dioses-
se ha conservado más allá de la época
que inauguró la victoria sobre los demonios.

No es con el derecho, sino con la tragedia,
como la cabeza del genio
se ha alzado por primera vez
desde la niebla de la culpa,
porque en la tragedia
el destino demoníaco es quebrantado.

La música vital se impone sobre las apariencias del derecho, a la busca del carácter personal del regreso a casa.


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