jueves, 23 de julio de 2015

IV (26) NO nos ENGAÑEMOS crecer VANIDAD disfraz VOLTEAR convenciones

Con el correr de la experiencia crece el riesgo de la vanidad y hemos de revelar una debilidad que nubla la visión volteando convenciones y disfraces, para no dejarnos atrapar, cual camisa de fuerza, por el delirio.


El recorte de esta viñeta de Schulz viene de la tercera entrada de este blog porque voy a traerla a colación en una comparación necesaria, no sólo por el paso del tiempo, sino porque el paralelismo simbólico y contradictorio de ambas tiras nos pone sobre la pista de la cuestión que voy a tratar.

Allí (http://abogavolt303.blogspot.com.es/2014/01/ii-realidad-primaria-voltear.html ) se reflexionaba sobre el origen del desempeño de esta profesión en los términos irónicos de un determinada "sensibilidad", y uno de los obstáculos que encontraba nuestro protagonista en tales comienzos se presentaba así:


 La ofensa descarada se refiere entonces al "disfraz de perro" a pesar de lo reciente de pensar en cómo surge o se hace la profesión de abogado. Y ahora, cuando pasado el tiempo ya el experimentado profesional hasta se permite soñar con:


... nos encontramos con la sorpresa de que el paralelismo afrentoso se trueca así:


¿Habrá una pérdida de autenticidad que hace traslucir al cínico-perro tras la vestimenta por la vanidad reinante, mientras al principio el ejercicio de la profesión resultaba más natural al integrarse la idea en el sentir y en su porte?


"El peligro, entre nosotros los hombres,
radica en que, cuando creemos
analizar nuestro carácter,
en realidad estamos creando
las piezas de un personaje de novela,
en quien ni siquiera ponemos
nuestras verdaderas inclinaciones...
La imagen que cada uno se hace
de sí mismo: ¡se ve a la primera
entre los hombres maduros!
En mi caso lo que pasa es que
aún no está formada del todo, 
-y eso es lo que me hace creer
en la sinceridad mi análisis personal.
Pero con el pasar de los años,
no cabe duda de que mi personaje
acabará formalizándose;
entonces escribiré "YO" sin vacilar,
sabedor de quién estoy hablando.
La cosa no deja de ser fatal,
como la muerte..."
(OBRA COMPLETA DE
A.O.BARNABOOTH,
de Valery Larbaud,
TRIESTE, 1988, pág. 127)


La reacción ante la ofensa sigue siendo la misma "descarga olímpica de rabia" que la vieja cartera propina al contrario.



Todo se voltea en la acción, y así como todo parece "volar" también los resultado reflexivos cambian, y de lo que en un inicio era una muestra de "nacer sensibles" ...



... ahora la ironía cambia para situarse en un supuesto objetivo civilizado:



¿Así rige "la ley" la sociedad? Parece una burla y desde luego el contenido paradójico y cínico es indudable, pero si se quiere trasmutar simbólicamente la imagen nos encontramos, primero, con una realidad que no deja de sorprendernos con conflictos interminables y, segundo, con un deseo de cambio radical, en una suerte de pretensión de voltear las convicciones.



El ofendido abogado cierra los ojos ante su destino, humillado en su ser perruno no se da cuenta de que el volteado es él mismo por su propia vanidad, en la cual el ridículo acaba siendo su vestimenta tan poco creíble y su persona disfrazada sin la convicción auténtica.

Lo que me recuerda otra célebre plancha del caricaturista decimonónico Daumier:



"Su señoría lee en una publicación judicial el elogio de sí mismo escrito por él mismo" reza el pie de dicha plancha. 

Hasta tal punto nos excluimos de la realidad que la burbuja del egotismo nos atrapa por completo, creyéndonos y hasta mostrando total devoción por nuestras propias complacencias.



De ahí la necesidad de que nos veamos a nosotros mismos como los volteados para que las convenciones no suplanten la realidad material de la ley, como tampoco impidan que la auténtica sensibilidad siga siendo la de los orígenes idealistas y no se novele una ficción por más que sea necesaria.




jueves, 25 de junio de 2015

IV (25) MENSAJE IMPERIAL de KAFKA no sé DONDE está NADA nunca LLEGARÁ mensajero ABOGADO ventana JUSTICIABLE

Si en la entrada anterior nos quedábamos entre la puerta y un final sin conocer el interior de la ley, ¿qué sucederá cuando en el trayecto legal se nos interponen las contrariedades y sucede que esperamos el recorrido infinito de un mensaje que  imaginamos portado por un mensajero fiel y seguro?


En el devenir de EL PROCESO de Kafka nos encontramos múltiples encuentros del protagonista con sucesivos oráculos espectrales de la vida ordinaria, desde la limpiadora de la sala del juzgado, hasta un pintor, pasando por un familiar, un comerciante y, por supuesto, un abogado, todos ellos aportando crípticos símbolos con los que descifrar la más correcta estrategia procesal de defensa y absolución.

EL PROCESO, novela gráfica de Montellier y Mairowitz
Estos encuentros de naturaleza siempre estrambótica y absurda, aunque llenos de claves de desesperación ordinaria para el acusado, me conducen a una tira de Schulz donde mi héroe perruno cede el primer plano a unas ciudadanas perdidas en el recelo que produce la búsqueda del lugar del proceso.

La pregunta se transforma en motivo de mortificación ante la sorpresa de todos. Pero no acaba de ser tan extraño cuando lo que se trasluce es una vergüenza como el sometimiento a un proceso, cual lo sufre Joseph K. 

EL PROCESO, novela gráfica de Montellier y Mairowitz

Todo el mundo parece conocer su proceso y ello produce las conductas más extrañas en su devenir.
Así sucede en nuestra reveladora tira cómica, donde el aturdimiento es lo menos que produce y ha de pasarse a seguir el camino interminable.


La reacción airada también recuerda el exabrupto de K. al comerciante en casa del abogado:

EL PROCESO, novela gráfica de Montellier y Mairowitz

Pero, volviendo a la viñeta, la pasividad silenciosa de nuestro héroe resulta misteriosa, y la prosecución del camino de vuelta hacia el mismo lado que por donde había venido me reconduce a otra parábola de Kafka titulada UN MENSAJE IMPERIAL y que esto refiere:

Resultado de imagen de mensaje imperial kafka
El Emperador –así dicen– 
te ha enviado a ti, 
el solitario, el más miserable
 de sus súbditos, la sombra que ha huido
 a la más distante lejanía, microscópica 
ante el sol imperial; 
justamente a ti, el Emperador 
te ha enviado un mensaje 
desde su lecho de muerte. 
Hizo arrodillar al mensajero 
junto a su cama y le susurró 
el mensaje al oído; 
tan importante le parecía,
 que se lo hizo repetir. 
Asintiendo con la cabeza, 
corroboró la exactitud de la repetición.
 Y ante la muchedumbre reunida
 para contemplar su muerte 
–todas las paredes que interceptaban 
la vista habían sido derribadas, 
y sobre la amplia y alta curva
 de la gran escalinata 
formaban un círculo
 los grandes del Imperio–,
 ante todos, ordenó al mensajero
 que partiera. El mensajero
 partió en el acto;
 un hombre robusto e incansable;
 extendiendo primero un brazo,
 luego el otro, se abre paso
 a través de la multitud; 
cuando encuentra un obstáculo,
 se señala sobre el pecho 
el signo del sol; adelanta mucho
 más fácilmente que ningún otro.
 Pero la multitud es muy grande;
 sus alojamientos son infinitos. 
Si ante él se abriera el campo libre,
 cómo volaría, qué pronto oirías
 el glorioso sonido de sus puños
 contra tu puerta. Pero, en cambio, 
qué vanos son sus esfuerzos;
 todavía está abriéndose paso
 a través de las cámaras 
del palacio central; no acabará 
de atravesarlas nunca; 
y si terminara, no habría adelantado mucho;
 todavía tendría que esforzarse 
para descender las escaleras;
 y si lo consiguiera, no habría 
adelantado mucho; 
tendría que cruzar los patios; 
y después de los patios 
el segundo palacio circundante; 
y nuevamente las escaleras y los patios;
 y nuevamente un palacio; 
y así durante miles de años; 
y cuando finalmente atravesara
 la última puerta 
–pero esto nunca, nunca podría suceder–,
 todavía le faltaría cruzar
 la capital, el centro del mundo, 
donde su escoria se amontona prodigiosamente.
 Nadie podría abrirse paso
 a través de ella, y menos aún 
con el mensaje de un muerto. 
Pero tú te sientas
 junto a tu ventana, 
y te lo imaginas, 
cuando cae la noche.
EL PROCESO, novela gráfica de Montellier y Mairowitz


¿A qué ventana puede asomarse la justicia? ¿Podría ser el abogado ese mensajero al que se confía tal secreto inescrutable y cuyo mensaje nunca llegará a su destinatario?

EL PROCESO, novela gráfica de Montellier y Mairowitz

En EL PROCESO el abogado resulta ser un enfermo en cama, de donde parte oráculos indescifrable para el procesado, pero el apartamiento del mismo acaba siendo fatal para el solitario protagonista.

EL PROCESO, novela gráfica de Montellier y Mairowitz

Fernando Ramperez en la misma obra que comentamos en la entrada anterior concluye respecto de esta parábola:

La ley es un mensaje imperial.
Nace de la proximidad de la muerte
y nunca acaba de llegar.
Alegrémonos.
Es mejor que así sea.
"Si alguien a la vista
de estos fenómenos,
dedujese que en realidad
no tenemos emperador,
no andaría muy lejos de la verdad"
(Prejuzgados. Ante la ley.
Jacques Derrida.
Aravigani ed. 2011, pág. 107)

EL PROCESO, novela gráfica de Montellier y Mairowitz
Desde luego, parece haber lugar a la desesperación, pero un mensajero paciente ante las adversidades del camino y fiel acompañante de los desventurados puede servir para voltear el destino y por lo menos darle una apariencia que no sea de imposibilidad, sino de esperanza ante lo que vemos por la ventana.





martes, 26 de mayo de 2015

IV (24) ANTE la LEY de KAFKA espera PROCESO-JUICIO sin SABER el LUGAR de TU VERDAD con CULPA

Los personajes de Schulz portan un destino críptico, cual los de KAFKA en sus parábolas o en EL PROCESO, y, aunque no sé si el caricaturista se inspiró en el escritor, hay situaciones del primero que convocan un absurdo concomitante al segundo.



En orden a esta relación me resultan evocadoras dos tiras de Los Peanuts de Schulz que voy a  contrastar con sendas parábolas de Kafka, cuya relación con su conocida obra EL PROCESO me van a permitir indagar en caminos simbólicos para el devenir vital del individuo sometido a juicio, o a su responsabilidad con la verdad que se espera.





Hay varias tiras de Schulz en torno a la ubicación y búsqueda de los Juzgados, cuyo absurdo aparente parece ir más allá de lo que invocan, y una de ellas comienza así:



La sede o lugar de ubicación de la comparecencia ante la ley, o del juicio, o de la autoridad judicial, puede conllevar una metáfora de búsqueda que conduzca a un misterio interior de la persona, de su devenir y acompañantes.


La injustamente acusada de pagar lo que no debe recurre a la asistencia del profesional y se encaminan decididos a hablar con el juez de tal afrenta para lo que han de ubicar el lugar de encuentro con la Justicia.


Resalta el paralelismo de cómo la reclamante reprocha al aviador semejante ignorancia a la que se representa el abogado.

En un capítulo inacabado de EL PROCESO y que se suele incluir como Apéndice en ediciones de dicha obra (EDAF, 2000, Madrid) bajo el título "LA CASA", se comienza diciendo:

Sin intención precisa, 
por lo menos al principio,
K. había tratado de averiguar
dónde estaba la sede de la autoridad
que había impartido la primera
acusación en su proceso.
No le constó demasiado enterarse. 


(Ilustraciones de la magnífica versión en comic de Montellier y Mairowitz, ed. sins entido 2011)

En EL PROCESO hay múltiples ocasiones en que el protagonista (K.) se desplaza a la sede judicial (por llamarla así, pues realmente el autor la describe como meros habitáculos laberínticos de edificios de barrio marginal que se habilitan temporalmente para ese fin y son acondicionados por alguna vecina del mismo) para el correspondiente acto de "interrogatorio" o "tratar" con su personal.

Pero el lugar físico de esa órgano inferior nunca será aquel del que emana la decisión suprema de la ley y así en otros pasajes de EL PROCESO:

Al Tribunal Supremo,
donde nadie puede llegar,
ni usted, ni yo, ni ninguna
otra persona.
Ignoramos completamente 
lo que puede ocurrir allí,
y puedo añadir que 
no queremos saberlo tampoco.
(CAPÍTULO DE "EL PINTOR")




¿Dónde estaba el Juez Supremo
que nunca había podido ver?
¿Dónde la Alta Corte a la que
nunca había llegado?
(CAPÍTULO "EL FINAL")




Y donde mayormente se experimenta esa inaccesibilidad es en una parábola titulada ANTE LA LEY, que parece fue el origen de EL PROCESO, y es la que en dicha obra se integra dentro del Capítulo "VISITA A LA CATEDRAL" como relatada por el capellán de la prisión en los siguientes términos:


Ante la Ley hay un guardián. 

Hasta ese guardián llega un campesino
 y le ruega que le permita
entrar a la Ley. 
Pero el guardián responde 
que en ese momento no le puede 
franquear el acceso. 
El hombre reflexiona y luego pregunta 

si es que podrá entrar más tarde.
—Es posible —dice el guardián—, 
pero ahora, no.
Las puertas de la Ley están abiertas, 
como siempre, y el guardián 
se hace a un lado, de 
modo que el hombre 

se inclina para atisbar el interior. 

Cuando el guardián lo advierte, ríe y dice:
—Si tanto te atrae, intenta entrar 
a pesar de mi prohibición. 
Pero recuerda esto: yo soy poderoso.
Y yo soy sólo el último de los guardianes. 
De sala en sala irás encontrando 
guardianes cada vez más 
poderosos. 

Ni siquiera yo puedo soportar 

la sola vista del tercero.
El campesino no había previsto 
semejantes dificultades.
 Después de todo, la Ley debería ser
accesible a todos y en todo momento, piensa.
 Pero cuando mira con más detenimiento 
al guardián, con 
su largo abrigo de pieles,

 su gran nariz puntiaguda, 

la larga y negra barba de tártaro, 

se decide a esperar
hasta que él le conceda 
el permiso para entrar.

El guardián le da un banquillo 
y le permite sentarse al
lado de la puerta.
 Allí permanece el hombre días y años.
 Muchas veces intenta entrar e importuna al
guardián con sus ruegos. 
El guardián le formula, con frecuencia,
 pequeños interrogatorios. Le pregunta
acerca de su terruño y de muchas otras cosas;
 pero son preguntas indiferentes, 
como las de los grandes
señores, y al final le repite siempre 
que aún no lo puede dejar entrar.

El hombre, que estaba bien provisto
para el viaje, invierte todo 
—hasta lo más valioso— 
en sobornar al guardián. 
Este acepta todo, pero
siempre repite lo mismo:
—Lo acepto para que no creas
 que has omitido algún esfuerzo.
Durante todos esos años, 
el hombre observa ininterrumpidamente 
al guardián. Olvida a todos los
demás guardianes y aquél le parece
 ser el único obstáculo que se opone 
a su acceso a la Ley. Durante
los primeros años maldice su suerte en voz alta,
 sin reparar en nada; cuando envejece,
 ya sólo murmura 
como para sí. 

Se vuelve pueril, y como en esos años

 que ha consagrado al estudio del guardián ha
llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de pieles, también suplica a las pulgas que lo ayuden a
persuadir al guardián. 
Finalmente su vista se debilita 
y ya no sabe si en la realidad está oscureciendo a
su alrededor o si lo engañan los ojos.
 Pero en aquellas penumbras descubre
 un resplandor inextinguible 

que emerge de las puertas de la Ley

Ya no le resta mucha vida. 

Antes de morir resume todas las
experiencias de aquellos años
 en una pregunta, que nunca 
había formulado al guardián.
 Le hace una 
seña para que se aproxime,

 pues su cuerpo rígido ya no le permite

 incorporarse. 

El guardián se ve obligado

 a inclinarse mucho, porque las diferencias

 de estatura se han 

acentuado 

señaladamente con el tiempo, 

en desmedro del campesino.
—¿Qué quieres saber ahora? 
–pregunta el guardián—. Eres insaciable.



—Todos buscan la Ley –dice el hombre—. 
¿Y cómo es que en todos los años
 que llevo aquí, 
nadie más que yo 

ha solicitado permiso para llegar a ella?
El guardián comprende 
que el hombre está a punto de expirar
 y le grita, para que sus oídos
debilitados perciban las palabras.
—Nadie más podía entrar por aquí, 
porque esta entrada estaba 
destinada a ti solamente. 
Ahora
cerraré.

Sólo hay espera sin saber qué sea esa luz  y de dónde emana.

Como se dice en el epílogo de Fernando Rampérez a la obra de Jacques Derrida PREJUZGADOS ANTE LA LEY   (Aravigani ed. 2011), que comenta esa parábola de Kafka:


La ley deslumbra y al deslumbrarnos
nos deja ciegos.
Nunca se da, en realidad;
o bien "se da rehusándose,
sin decir su proveniencia, ni su sede".
Ese silencio y esta discontinuidad
constituyen el fenómeno de la ley.
"Entrar en relación con la ley,
con la que dice TU DEBES Y TU NO DEBES
es a la vez hacer como si ella
no tuviera historia o en todo caso no dependiese
ya de su presentación histórica
y en el mismo lance dejarse fascinar,
provocar, apostrofar por la historia
de esta no-historia.
Es dejarse tentar por lo imposible.
(Ob. cit. pág. 83)

El glosador alude así a cómo ninguna ética proporciona verdaderamente una real y concreta orientación, máxime cuando el individuo quiere guiarse por su propia decisión y no por nada impuesto.

Para el planteamiento teocéntrico,
la ausencia de regla lleva a la irresponsabilidad.
La responsabilidad se entiende, por tanto,
exclusivamente como sometimiento a la ley
y capacidad de responder ANTE LA LEY.
La libertad radica solamente en seguir
o no la norma dada por Dios o sus trasuntos,
y de ahí una culpabilidad a priori,
una responsabilidad culpable de antemano,
porque ser libre sólo es ser libre
de saltarse o no la ley,
pero nunca de inventarla.



La muerte de Dios, sin embargo,
es decir, la apertura de un espacio
sin absolutos ni normas evidentes
ni reglas previamente dadas, abre también
 una forma distinta de responsabilidad.
O la responsabilidad más cierta.
La del que inventa la ley, la del que apuesta
cada vez que juzga y se compromete así
con lo elegido sin justificación
ni coartada.
(Ob. cit. pág. 81)

Así, la auto-responsabilidad nos sitúa en un terreno incierto. Pero no confundir con una falta de responsabilidad, sino todo lo contrario, tan enorme que es difícil de soportar-encontrar.

Ninguna irresponsabilidad: pues
"en esta situación donde lo que pasa
es que el juicio debe pasar sin criterios
y la ley pasarse sin ley,
en ese fuera-de-la-ley,
tanto más tenemos que responder
ANTE LA LEY.
Porque la ausencia de criteriología.
la estructura impresentable
de la ley de leyes no nos dispensa
de juzgar en todos los sentidos,
teórico y pragmático de la palabra;
al contrario, nos prescribe
PRESENTARNOS ANTE LA LEY
y responder a priori de nosotros
ante ella, QUE NO ESTÁ AHÍ"
(Ob. cit. pág. 84).



Al final de la docta conversación que el capellán de la prisión (remedo de rabino intérprete del talmud judío) mantiene con K., interpretando aquella parábola ANTE LA LEY en EL PROCESO, se produce el filosófico intercambio de admoniciones que refleja esa plancha del comic, y que, adpatando diferentes traducciones leídas, vendría a completarse literalmente así:

Muchos dicen que la
historia no otorga a nadie el derecho
 a juzgar al centinela. Sea cual sea 
la impresión que nos dé, 
es un servidor de la Ley, 
esto es, pertenece a la Ley, 
por lo que es inaccesible al juicio humano. 
Tampoco se puede creer que el centinela 
esté subordinado al hombre. 
Estar sujeto, por su servicio, 
a la entrada de la Ley 
es incomparablemente más importante 
que vivir libre en el mundo. 
El hombre viene a la Ley, 
el centinela ya está allí. 
La Ley ha sido la que le ha
puesto a su servicio. 
Dudar de su dignidad significa dudar de la Ley.

–Yo no comparto esa opinión –dijo K 
moviendo negativamente la cabeza–,
 pues si se aceptan sus premisas 
hay que considerar que todo 
lo que dice el vigilante es verdad. 
Pero eso es imposible, como tú mismo 
has fundamentado con todo detalle.

–No –dijo el sacerdote–, no se debe tener
 todo por verdad, sólo se tiene
que considerar necesario.

–Triste opinión –dijo K–. 
La mentira se eleva 
a la altura de norma universal

La búsqueda del lugar entre lo necesario y lo verdadero sí que resulta algo no ubicable y posiblemente fuente de una fatalidad como la que se encuentra al final de EL PROCESO, cuando se hace irrenunciable orientar la propia libertad:


En la siguiente entrada, del próximo mes, resucitaremos a nuestro "perro" favorito como acompañante-guía de otra tira críptica y de otra parábola kafkiana con resonancias del conflicto vital incurso en el camino y en el mensaje.

lunes, 20 de abril de 2015

IV (23) Continúan JUICIOS antiFUNCIONALES sin SOMBRERO con MIEDO de FICCION

Uno no termina de sorprenderse de hasta qué punto puede haber locura y caos donde todo parecería poder ordenarse sobre la base de la racionalidad y hasta las normativas más taxativas.


El miedo se dibuja con claridad en la cara de nuestro héroe cuando la aventura promete incertidumbres y unas profundidades inusitadas para la resolución del caso.


Llegamos a las entrañas del ónfalo sagrado, el oráculo de la Justicia que encontramos en las profundidades de la madre tierra, como si de la prospección en la conciencia humana se tratara.

Porque si acercáis
vuestras mano,
podréis sentir
la sangre.
(Dijo Vicente Aleixandre
en Soy el destino)


Ante tal defensa de lo inescrutable tenemos sentado a nuestro personaje en su prudente presentación de los daños causados a la protagonista del más soñado y delirante de los viajes.


Abocar a tal odisea a tan indefensa damisela es una buena metáfora del absurdo que nos encontramos ante el laberinto de la Administración de Justicia. ¿Cual será la actitud que merece afrontar todos sus vericuetos?

                                     

La prisa, desde luego, no pasa por ser una de sus prioridades.


Los juegos de prestidigitación no son extraños al suceso.


Contemporizar con otros poderes tampoco viene mal.


Pero lo principal es abrirse paso en el intrincado bosque. En el célebre relato de Lewis Carroll el misterioso Gato de Cheshire ejemplifica los gestos de quien “no está loco”, como demostración de que quien así argumenta sí lo está, como todos los que habitan ese bosque de las profundidades del país de las maravillas.



En fin, no mucho más es lo que se puede preguntar, o lo que te pueden responder.

Nuestro perruno abogado sacará su secreto irónico, ya no de su sonrisa bastante torcida, sino de su chistera.


Quitar el sombrero a este personaje viene a dejarlo sin identidad, pero eso es algo que se recobra en el parque.

Como dijo un abogado escritor de celebres versos en su poemario NOTAS PARA UNA FICCION SUPREMA:

Tal vez la verdad
depende de un paseo
alrededor del lago.
Un comprender mientras
se cansa el cuerpo.
Una espera en esa
certidumbre,
un descanso de los
vaivenes de los pinos
que bordean el lago.
...
Tal vez hay
momentos de despertar,
extremos, fortuitos, 
personales,
en los que más que despiertos
nos sentamos en el 
borde del sueño
como una elevación
y contemplamos
las academias
como estructuras
en la niebla.
Resultado de imagen de stevens notas ficcion suprema

Versos de Wallace Stevens traducidos por Javier Marías en una edición de Pre-Textos descatalogada y que casualmente encontré en San Lorenzo de El Escorial, en una librería con un gran fondo de libros antiguos: Cocheras del Rey Coliseo.


En el parque natural no hace falta desposeerse del cubrimiento identificable de nuestras convicciones.